En el Bicentenario del Gran Maestro Juan Bosco

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Apreciadas amigas y amigos:

Se atribuye al fundador de la Congregación Salesiana, Don Juan Bosco, el siguiente párrafo: “En mi casa nunca faltará: pan, pues la divina Providencia proveerá; trabajo, porque cada uno desempeña el oficio de tres; paraíso, porque quien come de la Providencia y trabaja por Dios, tiene derecho a un pedazo de cielo.” (XVII, 251). No muy lejano está el recuerdo de la naciente obra de la Universidad Politécnica Salesiana, cuando hombres y mujeres, mentores y colaboradores, se sumaron a una causa común, la educación superior, con su impronta bosquiana de preferencia a los menos favorecidos. Y en verdad, quienes en su momento fueron necesarios, aportaron con su contingente dinámico en favor de una causa muy noble, evangélica y socialmente urgente. Desde sus puestos de trabajo, construyeron la novedad salesiana de una universidad inclusiva, participativa y deliberante al estilo de quien teniendo voz fue acallado en una cruz, más su sangre derramada no fue en vano porque fertilizó la tierra, donde la semilla fue fecunda para la liberación de los oprimidos. Fueron años de duro trabajo, de entrega sin horarios y sin la necesidad despersonalizante de marcar tarjetas o lectores electrónicos de huellas. Todas y todos, unidos en la alegría de formar parte de algo que henchía los espíritus de lucha, que calmaba las conciencias y aseguraba parte de su existencia. Fueron los años del ir y venir a prisa, en mangas de camisa, a trote o en bus, pero ahí estaban, prestos para el trabajo, temprano en la mañana y hasta muy caída la tarde y noche. No fueron necesarios los  incentivos económicos, más  la sola mirada de quien desde el infinito acompañaba el proceso y la mirada  tierna, a veces desconfiada, otras muy alegres y claro no faltaron algunas miradas de pilluelos que iniciaban su etapa universitaria en calidad de alumnos. Esa mirada que puede descomponer a algunos, y a otros fortalecer sus ideales por una causa de transformación social  de mentalidades vista desde la necesidad primaria de alcanzar la felicidad en paz y libertad.

La Providencia estuvo presente en el desarrollo y crecimiento de esta noble institución salesiana, y seguirá presente mientras la voluntad humana de gobernantes y gobernados lo permitan. El Espíritu del Creador se mueve en torno de una creación dinámica, libre y libérrima, y no sobre entes pasivos que esperan milagros nacidos del mínimo esfuerzo, peor aún de la desidia o la pereza que impele a los seres a convertirse en meros consumidores o parásitos sociales. La herencia bosquiana del trabajo que ennoblece y fortalece la mente y cuerpo humano, ha sido y es, la característica principal de quienes han aportado y aportan, con su inteligencia y fuerza laboral en cada etapa del crecimiento de la UPS.  Lo imprescindible de un ser humano no radica esencialmente en su conocimiento y destreza, también debe sumarse la alegría  en el servicio prestado y la férrea voluntad de trabajar en equipo. Características aquellas, que distinguen al colaborador salesiano y lo catapultan hacia el paraíso ofrecido por Juan Bosco, que no es más que la realización personal en base de una colectiva. Es aquello de alcanzar la felicidad reconociendo al prójimo como ineludible componente del mismo ser, que no se puede disociar aplicando la química analítica, porque es elemento esencial único de la creación misma, del principio y del fin, cuya diferencia no estriba en disquisiciones filosóficas como es la relación del vacío con la nada. Es la felicidad de descubrir en el otro, el prójimo, el próximo, a semejanza de los discípulos de Emaús, al compañero de trabajo diario y aceptarlo como es, y no como quisiera que fuera, ser  tolerante con sus caídas pero muy caritativo en los consejos impartidos, y ante todo, la presteza para ayudar a cargar el fardo ajeno con la seguridad de que otra u otra hará lo mismo. Esos y esas son los imprescindibles, mujeres y hombres positivos, que aprenden también del error y hacen realidad los sueños colectivos, mirando siempre adelante, y solamente hacia atrás, en actitud de prevención, más no de miedo.

La casa de Don Bosco, es también la casa del colaborador salesiano, y de todo aquel o aquella que  necesita beber de la fuente de agua  viva del evangelio, de la buena noticia de la  justicia social  para los menos favorecidos, y del néctar de la libertad en la acción por los derechos humanos y de la naturaleza. Así ha sido y es la casa bosquiana de la UPS, que va más allá de ser un lugar en el espacio para convertirse en una morada del conocimiento, la destreza, la música y el canto. Una morada de convivencia donde pensamientos heterogéneos son unidos por corazones que aman, se dejan amar y se hacen sentir amados. Es una morada que marca una distancia al acelerado paso del tiempo por sobre las obras humanas, e imprime en su aposento la gloria devenida de actitudes y aptitudes propias de cristianos y  humanistas convencidos, de que la razón no obra sin la transparencia del corazón, de que una actitud amable captura la atención, y que por sobre todo, el honrado trabajo  promueve el desarrollo humano y  para los creyentes, acumula puntos para  la salvación.

Fredi Portilla Farfán

 

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